Ya estamos en pleno verano, aunque en Asturias no lo parece, y este año no he tenido tiempo para ir de tejos. La vida, siempre sorprendente, nos lleva por caminos extraños.
En primavera estuve visitando los tejos de Rozadas, con sorpresas desagradables, como la poda de ejemplares centenarios sin que parezca que importe. Hace unos cuantos años, los habitantes de este lugar plantaban tejos para que sirvieran de cierre a las fincas y así proteger a las casas de los vientos que por allí circulan, como nos comentó Félix González Sampedro buen conocedor de las tradiciones de este lugar.
Los tejos del campo de la iglesia (conjunto protegido al ser declarado Sitio Histórico), cuatro hermosos ejemplares, van librando de este tipo de actuaciones. Estos centenarios crecen bien porque el lugar es idóneo, nieblas abundantes y poca actividad en su entorno, así que es de esperar que puedan seguir así unos cientos de años más. Al llegar estaba un perro, muy ladrador y combativo, que impidió que la visita fuese todo lo placentera que cabría desear; supongo que estaba defendiendo su territorio y yo era considerada una invasora más, así que las fotos están realizadas lejos para no interactuar con el can que estaba suelto y sin bozal (desconozco si llevaba collar).
Dejo unas fotos de la visita,




