ya estoy aquí de nuevo, esperando poder imprimir una cierta continuidad a este blog dedicado al tejo. Anduve algo ocupada y vuelvo con energía.
Lo primero es compartir un texto de Ignacio Abella en el que hace un llamamiento a la reflexión de los que por este mundo andamos para que abandonemos la visión antropocéntrica y compartamos espacio con árboles, plantas, pájaros, peces … todos los seres vivos que poblamos el planeta. Compartir respetando es la filosofía que debiera imperar para que todo fuera un poco mejor.
EL BOSQUE ACOSADO
La composición de estas biescas en comunidades de especies predominantemente «frutales», – tejo, acebo, majuelo, mostajo, sauco… – señala bien a las claras la identidad de quienes los sembraron: Mirlos, zorzales, petirrojos, arrendajos, son algunos de los principales repobladores; consumidores de frutos y arilos cuyas semillas devuelven junto con sus excrementos, favoreciendo la germinación. También el tejón, el zorro o la garduña hacen esta contribución interesada al bosque que los sustenta y cobija.
Por contra los picos, carboneros y otros se alimentan de la semilla del tejo. En particular es muy patente en esta montaña la febril actividad de las ardillas, que hacia noviembre cascan los piñoncitos con increíble habilidad y rapidez (hasta 12 por minuto), dejando caer las cáscaras vacías en una lluvia continua.
Aunque puede ser importante esta pérdida del potencial reproductivo, creemos mucho más dañino para la propagación del tejo, el intenso ramoneo por parte de gamos, ciervos y corzos, además del ganado. La clara orientación cinegética de esta reserva de caza y la ausencia de predadores naturales, esta propiciando la prosperidad de poblaciones desmedidas, al menos en los casos del gamo y del jabalí. Los efectos de este último por el hozado de las praderas y la fuerte competencia por el escaso pasto, determinan el consumo de follaje entre los herbívoros; las posibilidades de regeneración del tejo y otras especies arbóreas son escasísimas.
Tejos jóvenes, con diámetros inferiores de 10- 20 cm. , son tan raros que cabría investigar la responsabilidad directa que pudo tener en este vacío la reintroducción del gamo y su proliferación en un medio que posiblemente soportaba ya una gran presión. Con todo, la situación no sería a corto plazo desesperada, de no existir otro implacable y ciego predador, el fuego.
Desde tiempos ancestrales se utiliza para controlar el crecimiento de la cotoya (Ulex sp.) se queman las matas desarrolladas, que prenden con gran facilidad, consumiéndose de forma rapidísima. Los pastores acostumbran a darles fuego mientras bajan del monte: es también la seña convenida. Sus familiares ven el humo desde el pueblo y saben que el pastor vuelve a casa. Sin embargo la costumbre no incluía al arbolado, existía un pacto sobreentendido de respeto a la biesca que al parecer se ha olvidado (basta un solo pirómano para inflingir daños irreparables en la biesca y en la reputación de los ganaderos).
Aunque en un ambiente tan húmedo podría parecer imposible desatar un incendio, se han aprovechado muy conscientemente los días de fuerte viento y las épocas más secas para arrasar mayores extensiones. Esto reduce sistemáticamente el área de la tejeda, alcanzando tejos, acebos y otros árboles que mueren o quedan chamuscados. Generalmente estos fuegos solo afectan a la periferia, el interior de la biesca es más húmedo; pero durante la fuerte sequía de la primavera del 97, pudimos ver algunos fuegos intencionados dentro del bosque de Ordiales que podrían haberse extendido causando un desastre. Seguramente nadie hubiera acudido a apagar pues no peligraba ninguna casa o población y la conciencia del significado de esta agrupación vegetal es nula entre los paisanos y vecinos de la comarca. En el último año, una nueva suvención europea que se concede por res de vacuno que pasta en ‘el Puertu’, ha venido a agravar la situación aumentando la ya insostenible carga ganadera y al mismo tiempo los incendios para conseguir más pasto.
Añadiremos que esta voz de alarma no pretende de ningún modo culpar a un colectivo que desempeña su trabajo en condiciones difíciles y obtiene escaso reconocimiento por esa esencial labor.
Ciertamente, se deberían sancionar las quemas indiscriminadas y regular el pastoreo (además de erradicar el ganado cabrío y ejercer un control sobre las poblaciones de jabalíes y gamos). Pero no sin antes informar y hacer partícipes a los ganaderos de la singularidad de su entorno y articular mecanismos que compensen sus pérdidas. Al mismo tiempo, el necesario desbroce de argomales, zarzales, etc. debería garantizarse desde algún organismo público (como acertadamente se ha venido haciendo en otras zonas del macizo, a iniciativa de la consejería).
Un texo milenario o un bosque entero serán insignificantes y despreciables mientras no se alcance a entender todo lo que representan. Así, la precaria situación de estos árboles en el Sueve, contrasta con la veneración y carácter sagrado que merecen desde tiempos ancestrales en todas las inmediaciones. Mentaremos en el mismo concejo de Colunga el tejo de Gobiendes, junto a la iglesia prerrománica de Santiago, los viejos de la iglesia de Borines en las mismas faldas de la montaña, el de la ermita de Santa Marina en Bode y muchos otros cercanos y repartidos por toda la geografía asturiana, que ocupan los espacios sagrados junto a templos, palacios, molinos, ferrerías… o los que crecen junto a las casas, en huertos y prados de todos estos pueblos; innumerables testigos de aquel antiguo vínculo entre el linaje humano y el de los Taxus. En los concejos vecinos destacaríamos entre un sinfín de ellos al viellu de Selorio, recientemente abatido por un temporal y el magnífico rodal (más de medio centenar de ejemplares) que rodea la ermita de Taralluengo y que se regenera a sí mismo, expandiéndose bajo la protección de la familia que ostenta esta propiedad*.
Existe un curioso paralelo en este sentido con la tejeda irlandesa de Muckross, desde la que también el tejo extiende sus dominios al terreno de lo sagrado. Allí crece el soberbio tejo del castillo de Ross y los de la Abadía de Muckross, un par de viejos, macho y hembra, que tienen nombre propio: Adán y Eva, y algunas misteriosas leyendas que en otro lugar contaremos.
Ciertamente, el culto del tejo y sus sombríos representantes continúan implantados con vigor en las regiones más occidentales de Europa. Pero lo que queremos subrayar ahora, para no irnos por las ramas, es esa brecha espantosa, entre el reconocimiento y el absoluto desprecio, que se abre en las empinadas paredes del Sueve. Entre la plantación cuidadosa de los esquejes en el huerto o, el trasplante de un arbolito del monte al atrio de la iglesia o a la era cercana al hogar, y el brutal desdén que expresan al mismo árbol dándole fuego en el monte. En uno de los pueblos más cercanos a nuestro bosque, Carrandi, aún se plantan tejos con la sencilla excusa o letanía: «Pá sombra pa cuando sea viellu»… Pero para colmo del absurdo, cuando algún plantón de tejo se logra milagrosamente en las infernales condiciones de la montaña, suele terminar trasplantado junto a las caserías. El Sueve suministra así plantones aún hoy día a Lastres, Colunga y todos los pueblos del entorno.
Terminaremos diciendo que cualquier resto del bosque natural, por insignificante que sea en cuanto a su tamaño, tiene un valor creciente y podría considerarse hoy patrimonio de la humanidad porque paradójicamente la humanidad ha reducido la selva original a su más mínima expresión en todo el planeta. Podríamos establecer asimismo el inmenso valor de este bosque del Sueve como reserva genética no solo de tejos sino de otra multitud de especies que se han desarrollado naturalmente bajo una intervención y selección humana prácticamente nulas. Las áreas de las que puede decirse otro tanto son hoy tan escasas, reducidas y diferentes en cuanto a las especies integrantes de sus ecosistemas que bien podríamos considerarlas como paisajes vírgenes y originales, auténticos resalvos que cumplen un cometido esencial, garantizando la salud, diversidad y permanencia de la vida silvestre. En el caso del tejo, el interés de esta población desde el punto de vista genético podría establecerse por la cantidad de especímenes pero también a causa del alto grado de diferenciación genética que existe incluso entre poblaciones cercanas.
Por lo que respecta a la edad del bosque y su significado, no queremos insistir demasiado puesto que consideramos se trata de un valor que va mucho más allá del interés científico, máxime en unos tiempos en que la inmediatez parece determinar tantas decisiones y criterios de planificación y en los que los árboles viejos tan solo tienen lugar como monumentos. Baste pensar en las generacines humanas, el tiempo que nos costaría reproducir un bosque semejante en el caso hipotético de que supieramos hacerlo.
Esperamos que el reconocimiento y la atención ajena sirvan para despertar aquí el amor de lo propio y el sentido de la conservación. Desde su privilegiada tribuna con vistas al mar, cientos y cientos de viellus y viellas, conservan en sus apretadas carnes una esperanza de vida de centurias. Tan solo la ancestral conjura de la montaña, las aves y el mar, la niebla, la lluvia y el Nuberu, ha preservado el prodigio hasta nuestros días. Este legado se encuentra hoy en nuestras manos y como simples testigos damos fé de su existencia.
* Felicitamos desde aquí a la familia Cueto, que tan bien ha sabido conservar este verdadero tesoro.