El otro día, leyendo el diario El Comercio, en su edición digital me encontré con una noticia -firmada por Laura
Castro– que hablaba de los orígenes del Reino en el monasterio de Cangas de Onís, y para celebrarlo pues se reunieron en torno a una cena monacal a base de platos inspirados en «El nombre de la Rosa»; este lugar -con un gran atractivo- tiene un tejo centenario al que están cuidando desde la dirección del Parador, cosa que se agradece porque ha sufrido mucho con las obras realizadas en el entorno. En la actualidad ha recuperado hoja y prestancia; es de lamentar que el tejo que habían plantado enfrente se ha secado. Con los tejos nunca se sabe.
